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lunes, 18 de agosto de 2014

NACHO TABOADA


COLORS OF THE RAIN

La primera vez que vi a Nacho Taboada era prácticamente un adolescente. Le conocí en el Sáhara, en concreto en los campamentos de población refugiada saharaui, allá por el año 2.004. Compartimos jaima y eso crea lazos. Desde entonces y hasta ahora se ha convertido en mi hermano pequeño.
Era un chaval encantador que apuntaba maneras por su rebeldía y porque no terminaba de ver claro, ni el presente ni el futuro de su vida. Coqueteaba con el pasotismo juvenil –una manera de gritar al universo que no comulgaba con lo establecido–. Miraba a la vida de lejos como si no fuera con él. Era indomable, no tenía muy claro nada de lo que quería, hasta que un día le llegó ese punto de inflexión que todo ser humano tiene y, se decidió por la música. Empezó a tocar la guitarra y aquello cambió su forma de ver el mundo. En cada fiesta–reunión que teníamos con artistas profesionales, él terminaba desbancándoles cantando, mientras aprendía los acordes a la guitarra. Un buen dia en el festival de música juvenil Universimad, se juntó con el grupo Jenny and the Mexicats y al rebufo de la rubia descalza que toca la trompeta, Nacho se fue colando en la escena musical juvenil. Empezó haciendo versiones de Johnny Cash, y la gente comenzó a vitorear su Ring of Fire. A partir de entonces decidió prepararse, asistía a todas las Jam session que le admitían y junto a los músicos de Jenny, consiguió hacer su presentación oficial en la sala Zanzíbar de Madrid. Nos demostró a todos que podía componer y atreverse a fusionar diferentes estilos de música llegando incluso a acuñar un nuevo término musical: Bolerock.
A Nacho Taboada le he visto crecer tanto personal como artísticamente y, aún sigue siendo ese Tom Sawyer en busca de aventuras, porque siente que de esta vida te llevarás las experiencias nada más.

Al preguntarle cómo se ve de artista y qué espera de la música, él mismo me escribió este texto:

“Tengo 27 años, el 8 de Octubre cumplo 28, nací en Zaragoza y a los 12 años me vine a vivir a Madrid con mis padres. 
A los 20 me compré mi primera guitarra –usada– en un mercadillo de segunda mano en Chichester, al sur de Londres. A pesar de que mis padres insistían desde pequeño que aprendiera a tocar el piano con clases y conservatorios, yo me empeñé, como niño que era, en seguir jugando al fútbol y soñando con mil mundos imaginarios, en vez de recluirme en una habitación a practicar con mis diminutas manos tres horas diarias de escalas insufribles. No superé el primer curso del conservatorio de Zaragoza. Pasaba del solfeo y era demasiado pequeño para ceñirme a disciplinas de estudio y a un modelo demasiado estricto de aprendizaje. 
La idea de querer tocar música me sobrevino ya en mi adolescencia escuchando a Bob Dylan, entonces, mientras paseaba con mis cascos por el pueblo de la campiña inglesa donde pasé un año trabajando de camarero y recapacitando sobre el rumbo que debía tomar mi vida en adelante, imaginaba que en vez de ser Bob el que cantaba, era yo mismo. Escuchaba esos ritmos sureños de blues, folk y country, y entonces me veía cantándolos. También creía ser yo el que recibía los aplausos, el que tenía estrella, el que escribía aquellas canciones que todo el mundo admiraba. Era yo el centro de las miradas, yo el objeto de deseo de las mujeres. También yo el que había triunfado en la vida, el hombre misterioso con la cabeza llena de buenas ideas. Y entonces: decidí aprender a tocar música. Más adelante descubrí que también podía cantar y que a la gente le gustaba cómo lo hacía –o eso me decían–.
Para mí la música es amor y también odio: Amor porque los ritmos y las melodías que escucho a diario consiguen ponerme el pelo de punta e incluso llegan a hacerme llorar. Odio porque la música es caprichosa y te traiciona con facilidad si no le prestas la atención que requiere. Porque en realidad yo no nací con “el don” si no que ha sido mi voluntad y mi idea trascendental del éxito la que ha forjado mi camino. 
Te podría decir con qué canciones he llorado. La última fue con El Niagara en Bicicleta de Juan Luis Guerra. Mientras conducía camino a Lisboa, lloré en el momento que entra el estribillo diciendo ''no me digan que los médicos se fueron''. También lloro cada vez que escucho a Pedro Guerra diciendo ''agárrame fuerte'' en El marido de la peluquera. 
Con respecto a mi estilo musical –aunque me engancha el country– soy fundamentalmente ecléctico, me gustan muchos géneros siempre que haya talento detrás. También la cumbia, que es lo que más me ha influido últimamente. Básicamente los ritmos de los pobres, las penas y la escasez convertidos en quejidos hermosos. Cuando la pobreza se transforma en arte. Los de clase media no sabemos de esas fatigas que los negros del delta del Mississippi cantaban en su blues, pero podemos convertirnos en mensajeros de una herencia romántica que amamos y no queremos que se olvide.
Me interesa América, de norte a sur, un continente hecho con cientos de miles de esclavos que han forjado una cultura cuyo elemento principal es la música. Por eso la cumbia, el blues, el bolero y el country se mezclan en mi proyecto. 
No se a dónde llegaré, no siento certezas en lo que me deparará el futuro, si digo que hago esto por puro amor al arte, te engañaría. También busco una salida laboral, algo con lo que me pueda ganar la vida con solvencia. Me gusta vivir bien y me da un miedo atroz pasar fatigas como los músicos a los que admiro. Pero también sé que si dejo de tener presente la esencia de las cosas, mi trabajo perdería sentido”. 

Hoy lunes 18 de agosto en la sala Galileo Galilei de Madrid Nacho estará acompañado con su banda recién estrenada: Los Viajeros del Sur (bajo, batería, percusión y guitarra), y nos seguirá deleitando con esa voz de bajo a lo Johnny Cash y con sus nuevos temas, haciéndonos pasar a todos una noche divertida llena de música y recuerdos.


¿QUÉ FUTURO LES ESPERA A LOS JÓVENES ARTISTAS DE ESTE PAÍS?