Translate

lunes, 22 de junio de 2015

CASUALIDAD O CAUSALIDAD


El informe Pelicano
       “La causalidad es la ley física de la causa/efecto. El azar no existe, nada ocurre por casualidad porque todo tiene una o múltiples causas y así es perfecto. El caos es aparente, porque revela una nueva forma de orden, el orden que proviene del desorden”.

       Cada paso que se da en la vida tiene una consecuencia, de ahí que las casualidades no existan, sino al contrario, ya que son las causalidades las que actúan como efecto de cada situación, pues provienen de una causa concreta que las originó. Pondré un ejemplo:

Como vivo a cuarenta kilómetros de Madrid, los viernes por la noche cuando salgo del teatro donde actúo, me quedo a dormir en casa de una de mis hermanas que tiene un piso en el centro de la ciudad. El viernes pasado no fue distinto, pero a la mañana siguiente mientras desayunaba, se me ocurrió mirar por la ventana de la cocina –cosa que no hago nunca– y algo llamó mi atención. Un hombre de mediana edad y con pinta de ejecutivo, rompía papeles al lado de una de esas papeleras que pone el ayuntamiento en las aceras, allí mismo introducía los pedazos en los que se estaba quedando aquel escrito. Me llamó la atención el especial ahínco que ponía ese señor en romper algunos de los trozos, hasta que los convirtió en millonésimas partículas de papel.
Hasta ahí todo habría sido más o menos normal, si no fuera porque el hombre parecía preocupado, miraba continuamente de un lado a otro y cuando terminó la tarea, se sentó en su coche –que tenía aparcado ahí mismo– y habló por teléfono.
Por mi condición de actriz y escritora, busco en los comportamientos de la gente, debilidades que me trasmitan sentimientos para después poder reproducirlos en la creación de mis personajes. Así que al ver esta escena tuve la sensación que lo que estaba haciendo este señor no debía de ser muy limpio.
Pude hacerle una foto –lo pensé– pero en realidad a mí me daba igual lo que el hombre hiciera, de hecho vi con total claridad la matrícula de su coche y ni siquiera la memoricé.
Cuando bajé a la calle, el sol estaba dando de pleno en la acera y decidí cruzar a la de enfrente, en ese momento me di cuenta que tenía ante mí la papelera que había visto unas horas antes por la ventana. Dada mi curiosidad innata se me ocurrió mirar dentro y ¡voilà!, mil pedacitos de papel descansaban colocados encima de una cartulina de publicidad. Esta última ayudaba a que aquellos trozos estuvieran más cerca de la superficie y así yo no tuviera que hacer mucho esfuerzo en cogerlos y guardarlos en mi mochila. Fui consciente que quedaban más pedacitos en el fondo de la papelera, pero no me apetecía rebuscar entre la basura. Realmente no los quería para nada, pero me hizo gracia tener la posibilidad de descubrir lo que ocultaba aquel hombre.
Cuando llegue a mi casa –más de una hora después– ya se me había olvidado todo el incidente, pero al deshacer la mochila vi el puñado de papelitos y sentí la necesidad inmediata de unirlos. Siempre he sido una forofa de los puzles, durante una época de mi vida fue mi pasatiempo favorito y los construía de hasta cinco mil piezas y en 3D. En ese momento me vino a la memoria las imágenes de aquellas tardes eternas armando puzles, y por unos minutos fui feliz.
Mientras pegaba con celofán los trocitos, pensé que este señor nunca se habría imaginado que alguien completamente ajeno a él hubiera observado todo su periplo. Me entristeció pensar en la cantidad de esfuerzo que hizo para no ser visto –desplazándose en coche hasta el lugar–, para que al final cualquiera hubiera podido ver toda la acción como si de una película se tratara, desde una ventana sin ni siquiera hacer el esfuerzo de asomarse.
 Si el hombre hubiera tirado los papeles sin más y se hubiera marchado, nunca habría llamado mi atención. Porque el modo en que las personas actuamos en cada momento, nos delata y eso es lo que hace que el destino varíe; la causalidad.
La manera en la que este señor se comportó en una actividad tan cotidiana, me hizo especular con la idea de que no se trataba de algo legal. Primero pensé que podría ser un político destruyendo pruebas, después que eran cartas de amor de una amante, pero cuando llegué a casa y vi que eran resguardos de Visa, supuse que algún ejecutivo estaba destruyendo los tickets de las compras personales pagadas con la tarjeta de empresa, aunque recapacitando me pareció absurdo, pues los movimientos aparecen en el extracto del banco y en su empresa se podrían enterar fácilmente. Como seguí con curiosidad, decidí recomponer el puzle entero para ver de qué se trataba. Efectivamente no estaban todos los fragmentos y además estoy segura que aunque hubiera cogido hasta el último papelito que yacía en aquel recipiente urbano, no habría encontrado la totalidad de las piezas, pues creo que deliberadamente aquel hombre tiró trozos de papel en diferentes lugares para que nadie los pudiera juntar.
Mientras yo intentaba terminar el rompecabezas con el material que tenía, imaginé lo que podría pensar ese señor de mí, si me viera en aquel momento. No entendería lo friki que puede  llegar a ser una persona que hace este tipo de cosas sin tener ningún interés especial, más allá de la simple curiosidad.
La verdad es que nuca podrás saber quien te observa, ni hasta qué punto a alguien le puede apetecer perder su tiempo distrayéndose con tu vida, sin esperar conseguir nada a cambio, simplemente por puro entretenimiento.
Quizá hubo más gente que se divirtió observándonos a los dos desde el edificio de enfrente, eso nunca lo sabremos.
Reconozco que disfruté haciendo aquello y recordé porqué durante años estuve perdiendo tardes enteras montando aquellos puzles.
Poco a poco las mini piezas empezaban a tomar forma y pude ver claramente algunos datos importantes, como por ejemplo un nombre y dos apellidos. Me resultó curioso darme cuenta que precisamente la parte de los papeles donde aparecía el nombre de aquel señor, era la que él se había entretenido en cortar en millones de pedazos. Aunque como suele ocurrir –según la ley de Murphy–, dos o tres pedacitos con el nombre se escaparon de la guillotina.
La curiosidad me siguió picando y decidí buscar a semejante personaje en Google –el ojo que todo lo ve–, aparecieron unos cuantos perfiles en redes sociales con el mismo nombre y apellidos, pero clicando en una de ellas vi claramente una foto suya. ¡Te pillé! –pensé–, le había cazado, en ese mismo instante le tenía delante de mi, con sus gafitas y su pelo cano, ¡era él!
Trasteando en su perfil, me enteré de donde trabaja y por consiguiente deseché la hipótesis del político corrupto, también descarté la opción de la tarjeta de empresa pues las cantidades de las compras eran demasiado pequeñas como para estar tan asustado, supuse entonces que la opción de la amante era la más valida.
Vi en los tickets que la mayoría de los pagos se habían hecho en una ciudad española donde él había cursado sus estudios universitarios, y otros cargos eran de un pueblo cercano a esa ciudad. Utilizó dos coches, uno de gasolina sin plomo y otro diesel, y es que la mayoría de los recibos eran de estaciones de servicio. ¿Quien tendría interés en eliminar facturas de gasolina?, eso es una de las cosas que prácticamente todo el mundo puede colar en la declaración de la renta, ¿entonces porqué destruirlas?
Seguí mirando –mi curiosidad es infinita– y vi que nuestro protagonista había pasado en aquel pueblo tan sólo tres días, desde el miércoles hasta el viernes noche. La cosa se iba aclarando, el hombre acababa de regresar a Madrid y antes de llegar a casa quería destruir aquellas pruebas que evidenciaban su paso por esa comarca –concretamente la misma donde se graduó en la universidad–. Lo curioso es que desde hace seis meses su trabajo lo desarrolla en la zona noroeste de Madrid y aquel hombre había desaparecido tres días laborables de la oficina.
Uniendo piezas del rompecabezas y datos de las redes sociales iba encajando toda una historia. No había facturas de hotel, pero sí un ticket de IKEA y otro del MacDonald´s. Esto me hizo sospechar; ¿a quien le apetece conducir durante cuatro horas y media para comprar algo en IKEA y terminar comiendo en una cadena de comida rápida? Por la cantidad que pagó en el restaurante: 23,80€ pudieron comer hasta tres menús, sobre todo si uno era infantil. Es decir que probablemente había un niñ@ en aquella historia, incluso me atrevería a decir que ese niñ@ era el causante de todo el agobio que tenía el señor, si no qué sentido tendría destruir aquellos recibos una vez de regreso a Madrid.
Mis averiguaciones me han llevado a esta hipótesis final: Señor de mediana edad, con buen trabajo, buen sueldo y buen coche, que probablemente vive en una buena casa de la sierra madrileña, y también probablemente tiene una buena familia. A pesar de todo eso, presuntamente no es feliz y por ello se mete en una relación sentimental con una mujer a la que deja embarazada. Todo se le ha ido haciendo una pelota cada vez más grande, y ahora ya no sabe cómo solucionarlo porque definitivamente se le ha ido de las manos. Se escapa tres días de un trabajo en el que sólo lleva seis meses y se va a cuatrocientos y pico kilómetros para visitar a su hij@, al que termina invitando a comer en un Mácdonald´s, de la misma ciudad donde él también se crió. Este señor que presuntamente tiene una doble vida y rompe las pruebas que le incriminan, nunca se imaginará que alguien completamente anónimo, lo sabe todo.
Bueno, casi todo. Aún me queda por averiguar qué hacía aquel hombre en ese céntrico barrio de Madrid, porque si hubiera elegido cualquier otro lugar, ahora yo no estaría contando esta historia.
Y como la curiosidad mató al gato, he cometido un error grave en mis pesquisas: haberle solicitado amistad en una de esas redes sociales. Espero que no me acepte, porque como sea igual de curioso que yo y meta mi nombre en San Google, se va a encontrar con este post. Espero no haber dado en el clavo con mis infantiles suposiciones, vaya a ser que como en la película El informe Pelícano, me esté metiendo en un lío por la tontería de pasar un rato de aburrimiento. Pues sólo me faltaba que a partir de ahora me empezaran a perseguir por la calle para arrebatarme el MacGuffin, que según Hichcock no es más que el pretexto para crear suspense, y que en este caso son esos pequeños papelitos, que por cierto siguen en mi poder.
Buen argumento para un thriller ¿No os parece? ¿Qué, rodamos la película?

¿Crees que la gente que se cruza en tu camino es para algo concreto?