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lunes, 2 de junio de 2014

¿QUÉ HACER CON LO APRENDIDO?

Fotógrafa: Krista Margaret (New York)

Haré un balance general tras haber pasado tres meses en Nueva York –una ciudad que te absorbe y estimula diariamente minuto a minuto–, con lo que supone para una actriz, escritora o artista en general.
Cuando vas a un país extranjero donde no conoces a nadie y llevas de equipaje de mano la inseguridad que te genera un idioma que no es el tuyo, sientes el pánico al momento de la llegada misma, y te replanteas todo, hasta el hecho que te llevó a embarcarte en semejante aventura. Piensas en cómo y porqué dejaste tu espacio de confort y comodidad que tenías en tu país, para ir en busca de algo que ni siquiera tú tienes muy claro de lo que se trata.
Pero en un par de días empiezas a descubrir el motivo que te llevó a hacerlo y que ya intuías cuando proyectaste el viaje. Sobre todo si se trata de una ciudad como Nueva York, que te ofrece todo tipo de soluciones al alcance de tus posibilidades. Es decir que si tienes algo que vender, siempre habrá un lugar donde hacerlo y alguien que lo quiera comprar.
Nada mas llegar a la ciudad me matriculé en clases de interpretación en la escuela de Susan Batson –Coach de Nicole Kidman y Julliete Binoche–. Mi sorpresa fue descubrir que era imposible asistir a todas las clases que tenía pagadas –$900 al mes por clases ilimitadas–, pues cada una de ellas dura cinco horas como mínimo y por consiguiente se solapan unas clases con otras. Al principio entender esa manera tan exhaustiva de funcionar me resultó difícil, pues no encontraba tiempo alguno para mi vida personal. Desde cómo hacer la colada –hecho complicado en Nueva York ya que hay que utilizar lavadoras públicas que funcionan con monedas– 

hasta lavarme el pelo un día de marzo donde no solo está nevando en nueva York sino que el Blizzer –tormenta de viento y nieve– deja a su paso montañas de hielo repartidas por todas las aceras de los diferentes distritos de la ciudad.

Tuve que organizarme y decidir a qué clases prefería ir y de cuales podría prescindir. Como no era fácil la elección, la vida me lo solucionó; tuve un desgarro en la fibra del músculo del muslo izquierdo que me imposibilitó ir a clase durante dos días. Me reincorporé con una venda en la pierna que me duró casi un mes. A partir de ese momento decidí no tomar las clases de cuerpo y no ir en fin de semana a la escuela –pues solamente s cierra en Thanksgiving y en Navidad–. Eso también me ayudó a poder hacer un poco de turismo los fines de semana y quedar con otros españoles que allí residían. Y es que me estaba perdiendo todas las demás actividades en aras de mejorar mi inglés y mi interpretación.

 En la escuela me di cuenta que el talento se reconoce nada más verlo –venga de quien venga–, porque allí no importa quien seas, ni de qué país procedas, el color de tu piel, o el acento con el que hables ese lenguaje común que llamamos inglés pero que podría ser el Esperantor. En esta ciudad tan cosmopolita todos somos iguales y tenemos las mismas oportunidades, se aprecia lo diferente y se respeta la diversidad, de hecho es un valor añadido que te salgas de lo establecido y pongas tu impronta y personalidad en todo lo que hagas.
En Nueva York lo que realmente importa es el trabajo diario –tu único aliado–, porque no se piensa en otra cosa que no sea producir. A simple vista podría parecer deshumanizado, sobre todo si tenemos en cuenta el hecho de que no se corta al medio día para comer, o a media noche para cenar, la gente come cuando y donde puede –incluyendo en el transporte público– pero nunca para de trabajar. Quizá en otro tipo de profesiones no vocacionales pudiera resultar una pesadilla este hecho, pero en un trabajo como la interpretación, resulta imposible funcionar de otra manera. Pues tras una opípara comida, el cuerpo se siente tan pesado que lo único que desea es dormir –de ahí la necesidad de la siesta española–, y  eso te imposibilita seguir trabajando con tu cuerpo y tus sentimientos en total estado de lucidez.
Desde el primer día que te ven trabajar reconocen tu valía y te lo hacen saber al igual que cuando no llegas a dar la talla también te lo afean. A mi me han llegado a decir que soy un genio y me han comparado con Charles Chaplin.
Y es que en España estamos tan acostumbrados a que nadie nos dirija ni nos guíe, que hemos aprendido a hacerlo todo por nosotros mismos. En Madrid pueden darte un personaje de la noche a la mañana para una serie de televisión, y no solo tienes que haberlo memorizado sino que debe estar el personaje tan preparado como si llevaras tres meses trabajando con él. La verdad es que eso te da un training que cuando vas a otros lugares donde el trabajo del actor se respeta y valora, se quedan anonadados por tu capacidad de darlo todo en dos segundos sin necesidad de preparación previa.
En Nueva York he estado trabajando todos los días ante la cámara durante tres meses en clases de más de doce horas diarias y en inglés, 

demostrándome a mi misma quien soy y de lo que soy capaz de hacer. He trabajado mi vena dramática y ahora sé que puedo conseguir que la gente me tenga miedo, pena, se ría o llore conmigo. Sé que conecto con el público y que puedo removerles todo tipo de sentimientos. Y sin embargo en España no encuentro un hueco en la industria.
He llegado a conseguir en tan solo tres meses, una agente/representante y hasta un bolo de mi monólogo MISS TUPPER SEX en una sala de Times Square.
Luego llegas a España y te vuelves a enfrentar a los directores de casting que se mueven siempre con la desidia del trabajo, que para facilitárselo contratan siempre a los mismos actores/ces y no tienen tiempo ni ganas para nadie más.
¿Qué se hace entonces?, ¿te vas a otro país a buscarte la vida aún con el hándicap del lenguaje, que merma tu personalidad por no sentirte enteramente completa?, ¿o sigues intentándolo en tu ciudad donde puedes utilizar tu idioma madre pero no tienes ningún tipo de proyección? Hoy por hoy en nuestro país está habiendo una fuga de cerebros de todos los gremios profesionales, incluyendo por supuesto el de la cultura, que no iba a ser menos. Cientos de actores, actrices, escritores, escritoras y artistas en general emigran cada año en busca de su sueño “poder vivir de su profesión”. Y muchos otros artistas de todo el mundo, se dan cita en una ciudad como Nueva York que es el centro neurálgico del arte y por ello nunca duerme, porque se siente con la obligación de estimularte los sentidos continuamente.
En Nueva York he dejado amigos e ilusiones; 

Mi tutor llegó a decirme que no puedo privar al mundo de mi talento y que me presente a los mejores directores y productores del mundo y les muestre mi trabajo.

¿Y ahora qué se hace al regresar, después de todo esto? ¿Vuelvo atrás como si nunca me hubiera ido? ¿Sigo haciendo trabajos menores para sobrevivir? O ¿me lío la manta a la cabeza y me vuelvo a un país que aunque es durísimo, premia a la gente con talento que se mueve y se busca la vida? Esa es la pregunta del millón.


¿Qué hacer con lo aprendido?